Prensa Chucara

18 de julio de 2018

Algunos retacitos de Olga Calvo.

Escrita el Lunes 9 de Julio, 2018
Conocí a Olga en el año 1990, cuando estaba cursando el Primer Año Común en la Facultad de Humanidades.

No fue mi profe de Filosofía porque ella daba clases en otra comisión. La docente que estaba a cargo de la mía era Liliana Herrero, una gran persona a la que aprecio mucho.
A Olga la conocí en el salón de actos de la Facultad, en una Asamblea de estudiantes y docentes, en tiempos muy parecidos a los de ahora, en los que el gobierno de Menem golpeaba a las universidades con toda su furia.
Los gritos en cada intervención y la falta de escucha del auditorio, que a su vez chiflaba a varios de los que se paraban a hablar, eran parte del folklore. Sólo se hizo absoluto silencio cuando aparecieron las voces de Alberto Plá y de Olga Calvo, y hasta los chicos de la Franja los escuchaban con atención.
Los dos eran marxistas de la vieja guardia, de esos que entendían que no hay práctica política sin teoría y que la teoría siempre se nutre de la práctica. Los dos, con el aplomo que dan los años, tenían la capacidad de decir lo que pensaban sin recurrir a la actuación.
Me sedujo el discurso de Olga, y mucho más me atrapó cuando pude presenciar otras charlas que dio en defensa del marxismo, en una época en la que pululaba por las aulas la basura de la postmodernidad y Foucault era considerado una especie de totem a quien nadie podía cuestionar. Yo tenía pocas herramientas en aquel entonces, pero quizá las necesarias como para darme cuenta de que ahí había contrabando de ideas, y con mi librito del Estado y la Revolución a cuestas trataba de defenderme como podía del infecto reformismo que recalaba en el claustro.
Participé como oyente en varias de sus charlas, y a ella le debo buena parte de mis pocas certezas.
Olga fue Directora de la Escuela de Filosofía durante tres períodos consecutivos y además profesora en el Normal Nº 1, un lugar adonde formó a muchas generaciones de docentes. Además fue militante gremial en el Nivel Superior, así que podía verla en algunas asambleas del sindicato.
Hacia fines de los ’90 comencé a militar con ella y otros compañeros en el Grupo de Trabajo de Filosofía, cuando comenzamos con los escraches a los genocidas. Para ese entonces ella ya llevaba cerca de cuatro décadas poniendo el cuerpo.
Comenzó militando en los ’60. Los ’70 la encontraron formando parte del PRT.
Hacia fines de la dictadura, cuando ya no quedaba nada de su organización, se incorporó al Partido Obrero, pero su estadía duró poquitos años. Un espacio en el que había poco debate teórico, de militancia electoralera y a cassette que repetía lo que decía el periódico sin chistar y defendía la sindicalización de las fuerzas de seguridad, no era el lugar más propicio para una revolucionaria.
De su militancia en el PRT me dejó un legado que guardo como el más preciado tesoro, junto con la libretita de gastos que mi papá, también comunista, escribió hasta el último día de su vida.
Para el año 2002, y después de varios desencuentros, Olga había logrado recuperar de un viejo embute algunas publicaciones que no quiso quemar: el Estrella Roja de septiembre de 1973, un boletín fabril de los obreros metalúrgicos del PRT, el Curso de Iniciación Política del ERP, Poder Burgués y poder Revolucionario y Las definiciones del peronismo y las tareas de los Revolucionarios, dos escritos de autoría de Mario Roberto Santucho.
Desde el 1999 al 2013 guardo de ella imágenes imborrables: Olga con su impecable trajecito rosa claro cruzando el patio de la Facultad con tachos de pintura para pintar por la libertad de los presos por luchar; Olga mezclada entre las multitudes de trajecito blanco el 20 de diciembre de 2001, cuando todos nos juntamos en el Monumento para exigir la renuncia de De la Rúa; Olga en las marchas de la Resistencia de las Madres hasta diciembre del 2003; Olga dando charlas sobre la Ética de las Organizaciones Obreras junto a Osvaldo Bayer; Olga despidiéndose de su último mandato en la escuela de Filo y dándose el lujo de llenar de piqueteros el patio del sagrado claustro universitario para compartir una charla con los compañeros de la Verón de Florencio Varela, a casi un año de los fusilamientos de Darío y Maxi; Olga participando en Buenos Aires de los cortes del Puente Pueyrredón los 26 de junio; Olga viajando otra vez a Buenos Aires a dar charlas sobre Hegel y Marx o sobre la mirada filosófica hacia los populismos y sus orígenes; Olga marchando cada 24 de marzo; Olga abrazada a Susana Fiorito y el gringo Masera , gente de su generación que llegó a dar una charla sobre el SITRAC; Olga participando de las Asambleas de Memoria y Balance de AMSAFE; Olga como fiscal en las elecciones de nuestro gremio; Olga pintando durante tres días seguidos el mural de nuestra compañera docente desaparecida Graciela Lo Tufo; Olga trayéndonos facturas el día de las elecciones de mayo del 2013; Olga acompañando a los compañeros reemplazantes un 11 de septiembre de ese año para protestar frente a la Gobernación.
Pero Olga era mucho más que la cátedra de Filosofía y su presencia en las marchas. Olga era el bolso con sandwichitos que repartía entre los compañeros de la Verón en los cortes; era el helado de arroz con leche preparado con sus propias manos para que me lleve a casa o la remerita negra que me regaló para una asamblea; era el lavarropas que me trajo de sorpresa allá por enero del 2010, cuando muy seria me dijo que yo trabajaba mucho y no podía seguir lavando la ropa a mano.
Olga era la mirada atenta hacia lo que necesitaba cada compañero: la impresora multifunción para que los volantes y el boletín del Grupo nos salieran lindos; el grabador nuevito para guardar las palabras que otros pronunciaban; los libros de su biblioteca para quien seguía dando clase; la que fue a cuidar una noche Herminia, Madre de Plaza de Mayo, cuando se quebró la cadera y quedó internada en el PAMI. Olga también era ese par de brazos que se acercaban a ayudar a una compañera que había tenido mellizos y a la que cada día que iba le preparaba una olla con comida.
Tan solidaria era Olga, que les lavaba la ropa y les daba de comer a los chicos que limpiaban autos por calle Córdoba o pedían en las esquinas. Tan sensible era, que a dos de los que tenían problemas de adicciones los llevó al Centro de Día la Posta, adonde trabajaba mi sobrino, para ver qué se podía hacer para ayudarlos. Tan compañera, tan protectora y tan amiga fue, que me acompañó a despedir al cementerio a mi mamá para que no me sintiera sola.
Para casi fines del 2014 el cerebro brillante de Olguita empezó a fallar. Primero fue la orientación en el espacio, después los olvidos o las confusiones.
En el 2015 ya estaba más claro que había comenzado con el Alzheimer, una enfermedad que muy pocos nombran, quizá por el prejuicio de que a los intelectuales no podría sucederles eso. Lamentablemente esa mierda de enfermedad puede tocarle a cualquiera. Le tocó a mi mamá, que sólo había terminado la escuela primaria, y le tocó a Olga, pese a todo el saber y la consciencia que atesoraba. Duro y doloroso para quienes vemos la decadencia del ser que tanto amamos, pero real y sin retorno.
Olga hizo todos los esfuerzos que pudo para luchar contra su enfermedad. Recuerdo que una tarde fuimos con Elena y tenía esparcidos por distintas mesas varios ejemplares de la Carta Abierta al Junta Militar de Rodolfo Walsh que iba subrayando por partes. Ese día le contamos que habíamos ido a ver la película “Seré millones” en la que aparecen dos compañeros del PRT que expropiaron para la causa revolucionaria 450 millones de pesos en el BANADE, a dos cuadras de la Casa Rosada y de la mismísima SIDE. Algo todavía debía permanecer en su memoria, porque se emocionó y levantó su puño en alto.
Olga se fue olvidando de a poco de varios nombres de los compañeros . Los que más recordaba eran los de Elena y el Turco. También el de María. En el 2017 ya no recordaba el mío, pero cada vez que llegaba a visitarla a su casa o al geriátrico, me recibía con una alegría inmensa y me abrazaba.
El último día que fuimos a verla con Elena, ya no pudo pronunciar su nombre, ni recordar las letras de los tangos que le llevaba para que cantáramos juntas.
Olga partió el 2 de julio y hoy recién puedo hablar de algunos retacitos de esa maravillosa vida que tuve la suerte y el privilegio de poder compartir con ella.
Fue como mi segunda mamá, y quizá por eso me costó tanto decir algo más el día de su muerte y sólo atiné a subir un fragmento de una de sus charlas, un par de fotos y el infaltable “hasta la victoria siempre” con que despedimos a los que luchan.
Hoy necesité hablar un poco más, sin rodeos y desde las tripas, para compartirlo con aquellos que seguramente tendrán muchas más anécdotas para recordar. Tal vez así, entre todos, podamos armar ese enorme rompecabezas que fue Olga, una mujer de cuerpo aparentemente frágil, pero con una fortaleza y un amor infinitos. .






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