Prensa Chucara

24 de junio de 2021

Historias de nietas y nietos, voces de un país con memoria

Escrita el Sábado 20 de Marzo, 2021
Sus abuelos fueron militantes desaparecidos y asesinados durante la dictadura. Cuentan cómo viven cada 24 de marzo.

El 24 de marzo se cumplen 45 años de una de las mayores tragedias política, económica, humanitaria y social que recuerde la historia nacional: la últimadictaduracívico militar. Un plan orquestado de destrucción de todos aquellos derechos conquistados por las mayorías populares y que solo pudo ejecutarse a fuerza de violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Jóvenes trabajadores y estudiantes fueron sin duda los sectores más castigados por quienes se habían hecho con el poder y que a todas luces representaba los intereses de una minoría. La resistencia no tardó en hacerse presente y la rebeldía alzó la voz solidariamente en favor de los derechos colectivos. El resultado es conocido y se sintetiza en una máxima que se grita cada 24 de marzo: “30 mil compañeros desaparecidos, presentes”.

Hoy se habla de ellos y ellas como parte de una generación diezmada. Aquellos jóvenes, algunos adolescentes que resistieron el embate fueron arrancados de cuajo por un sistema represivo que aún conserva sus resabios. Lo que no contemplaron algunos, fue la profecía que el poeta chileno ya había anunciado: “Podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la primavera”.

Después de 45 años los mismos ideales fluyen irreverentes. Andan sueltos en cada marcha y alzan la voz en cada espacio colectivo y cotidiano en reclamo de lo que consideran justo. Son los brotes de esas flores arrancadas que muestran con orgullo su herencia. En diálogo con La Capitallos nietos y las nietas de desaparecidos y asesinados por el Terrorismo de Estado cuentan el descubrimiento de su propia historia, reivindican los ideales y las luchas de sus abuelos y reflexionan sobre la necesidad de una memoria que se haga cada vez más presente.

  

Un abrazo colectivo

“Cuando participo en una marcha siento que estoy abrazando la lucha de miabueloy de los 30 mil desaparecidos. Es también como abrazar a mi mamá, a su historia y a sus compañeros, es abrazar a las Abuelas, es como un gran abrazo colectivo”.Así, Lua Conechny describe lo que significa para ella el acto de marchar en cada conmemoración.

Lua tiene 18 años y se presenta como la “nieta de Alejandro Pastorini, militante del socialismo revolucionario, detenido y desaparecido por la última dictadura el 17 de agosto de 1976”. El año pasado terminó la secundaria en el Politécnico donde aún es vicepresidenta del centro de estudiantes y este año comienza a estudiar gestión cultural en la Facultad de Humanidades y, mientras pueda, la carrera de ciencia política.

La joven cuenta sobre su abuelo mientras va reconstruyendo su propia historia. Las anécdotas relatadas por su mamá, sus amigos y compañeros de militancia fueron fundamentales a la hora de conocer y comprender a quien por aquellos años era médico psiquiatra del Hospital Agudo Avila, y que un día se ocupó de romper a mazazos una pared para que sus pacientes tuvieran contacto con el exterior.

“Una de las cosas que me contaron es que cuando él empezaba a hablar en las asambleas universitarias o en los centros de militancia se sacaba los zapatos”, recuerda Lua. Dice que nadie sabía por qué lo hacía, pero que ese era un rasgo distintivo de su abuelo. Otra de las anécdotas que recogió a través de los relatos de su abuela tiene que ver con la preocupación y el amor que expresaban los pacientes del Suipacha en el momento de su desaparición: “Llamaban persistentemente a la casa de mi abuela para saber de él”. Una situación que se complejizaba por el terror que en ese momento sentían los familiares de los desaparecidos.

La nieta de Pastorini creció siendo parte de la familia que conforma la organización Hijos, por eso desde que tiene uso de memoria participa en cada marcha por pedido de justicia. Lua destaca que el diálogo permanente con su madre Nora Lía Pastorini la ayudó a comprender aquel proceso.“En cada fecha conmemorativa, cuando volvía de la escuela mi mamá me empezaba a contar cuál era su historia, cuál era la mía y cuál era la historia de este país”, recuerda. Para ella fue un verdadero proceso de aprendizaje.

Lua se emociona cuando dice que le hubiese encantado poder hablar con su abuelo sobre ese país soñado. Siente que él le marcó un camino aún sin haberla conocido y dice estar segura que ella le caería muy bien.“Siempre llevo el cartel de mi abuelo con mi mamá, y cuando lo hago siento que estoy marchando con él, por el país que él soñó. Mi abuelo militaba para que toda esa necesidad que tenía el pueblo se convierta en un derecho, por eso milito yo también”, afirma.

  

Hasta que duelan los pies

Fiamma Mancino Maciel tiene 12 años y pasó a 7º grado de la Escuela Gurruchaga. Sabe que su abuelo fue jugador de rugby y que fue asesinado en la última dictadura militar. Cuenta que muchas veces le preguntó a su mamá sobre sus abuelos y reconoce que es un tema difícil para ella, porque pensar en esa historia la pone triste.

Fiamma es la nieta de Herminia “Mimí” Inchaurraga y José Rolando “Pirulo” Maciel, ambos secuestrados en la Quinta Operacional de Fisherton y cuyos cuerpos aparecieron asesinados en el Parque Independencia. Un caso que, al igual que el de Alejandro Pastorini, está enmarcado en la causa Klotzman, cuyo juicio oral hoy está en curso en los Tribunales Federales.

“Me pone triste saber que mis abuelos fueron secuestrados y fusilados simplemente por tener ideas diferentes, y también me da tristeza pensar que no los pude conocer”, afirma la adolescente, que lamenta no haber podido disfrutar lo que sus amigos y amigas comparten en el cotidiano con sus abuelos.

En cada 24 de marzo Fiamma marcha con toda su familia. Se pinta la cara, carga el cartel de sus abuelos y camina hasta que le duelen los pies. “Si hoy no estuviera la pandemia claro que estaría presente —dice—, porque cuando sucede algo injusto o que no me gusta trato de cambiarlo”.

El acto de marchar le provoca sentimientos encontrados. Fiamma hace referencia a la tristeza y a las ansias de tenerlos cerca, pero también dice que siente felicidad porque cada conmemoración representa de alguna manera un acto de justicia para sus abuelos.

  

Notas al abuelo

“Mi abuelo siempre estuvo presente en mi vida. Desde muy chica, cuando aún no comprendía lo que había pasado, le escribía notas pidiéndole que si estaba en algún lugar vuelva, que lo estábamos esperando y que yo lo quería mucho”, recuerda Martina Giri, nieta de Miguel Angel “Tereré” Gauseño, militante de la juventud peronista. Era un momento en donde ella también había oído sobre el exilio y tenía la esperanza de que su abuelo esté en algún lugar, hasta que comprendió que Miguel Angel ya no podría volver.

Hoy Martina tiene 17 años, terminó la secundaria en la escuela San Francisco Solano, trabaja y en breve comienza el primer año de la carrera de comunicación social en la Universidad Nacional de Rosario. Hasta sus 9 años lo único que sabía era que su abuelo había fallecido justo cuando se conmemoraba eldía de la memoria. Hasta que un día en la escuela, mientras cursaba 5º grado, le dieron una clase sobre el 24 de Marzo. Se sintió impactada con el tema y llevó la inquietud a su casa, donde se produjo la charla familiar en la que Martina finalmente pudo entender que su abuelo era un desaparecido.

El descubrimiento marcó una bisagra en su vida, las ansias por saber la movilizaron y el resultado fue contundente. Mientras cursaba 6º y 7º grado de la primaria comenzó a acompañar a su mamá, Verónica Gauseño, al Museo de la Memoria, un espacio que para ella fue un verdadero ámbito de aprendizaje. Y en 7º grado le propuso a su profesora hacer un exposición frente a sus compañeros sobre lo que había aprendido en el Museo.

El diálogo permanente con su familia la ayudó a conocer mucho sobre la vida y militancia de su abuelo. Su madre nunca la privó de información y de su abuela atesora aquellos relatos que tienen que ver con lo personal y cotidiano: “Siempre me cuenta de su sonrisa increíble, y de como la contagiaba a sus amigos”, dice.

Martina afirma que eligió apropiarse de esa historia y transmitirla con orgullo en todos sus espacios de aprendizaje. Lo hizo en la escuela primaria y también en la secundaria. “Cada uno lo lleva a su lugar de socialización, a donde pueda militarlo”, explica.

A la hora de conmemorar el Día de la Memoria, la nieta de Gauseño dice que no recuerda cual fue su primera marcha pero si la última. También tiene presente sus visitas a Pérez donde está la escuela que su abuelo, junto a su hermano Juan Carlos y un grupo de jóvenes militantes crearon para alfabetizar bajo la inspiración de Paulo Freire a chicos y adultos, y donde el primer salón fue una casillita verde situada en la casa de los hermanos Gauseño.

“Cargar la foto de mi abuelo me genera sentimientos encontrados, por un lado el orgullo de reivindicar su historia, su lucha y militancia, pero al mismo tiempo un sentimiento de tristeza por tanta injusticia. Es todo lo feo y todo lo bueno al mismo tiempo”, dice.

En el descubrimiento de su abuelo, Martina hizo su propio descubrimiento. “Comprender sobre su vida me ayudó a entender sobre mi misma. Entendí por qué me revelan ciertas injusticias, y que en mis luchas tienen mucho que ver mi abuelo, mi abuela, mi mamá y toda mi familia. Cuando fui mas grande pude entender por qué me inspiran ciertas cosas y por qué soy como soy”.

  

La memoria presente

Renata Labrador tiene 20 años, durante su secundaria fue presidenta del centro de estudiantes del Normal Nº 1 y actualmente cursa en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNR. Es nieta de Palmiro Labrador, quien junto a su hermano Miguel Angel militaban en la organización Montoneros.

Renata sabe que su abuelo Palmiro estudiaba ingeniería en la UTN y que tenía 28 años cuando las fuerzas represivas lo fueron a buscar a su casa. Un acontecimiento que también terminó con la vida de su bisabuelo Víctor, que en el intento de alertar a sus hijos fue abatido por los militares.

En el relato de Renata resuena un nombre que pisa fuerte y que ella lleva tatuado en su espalda: “Esperanza”, su bisabuela, fundadora de la organización Familiares de Rosario. “Galtieri le dijo a mi bisabuela que la muerte de Víctor había sido un error, pero que la de Palmiro y Miguel Angel no porque ellos eran Montoneros. A Esperanza le entregaron el cuerpo de Víctor y de Palmiro, y le exigieron con amenazas que se exilie. Ella llegó hasta Paraguay buscando a Miguel Angel pero nunca lo encontró”, cuenta.

Aunque nunca la conoció, Renata sabe que su bisabuela tenía un carácter imponente y su lucha le genera una gran admiración. “Ella era de ir y plantarse. Hay una foto que está muy buena donde ella tiene un milico enfrente y lo señala con el dedo”, cuenta con orgullo.

En su relato, la nieta de Labrador también profundiza en su propia historia. Vivió en Barcelona hasta los 11 años con sus padres Tomás y Romina, quienes se conocieron en la agrupación Hijos y se ocuparon de que ella conociera sobre sus raíces a temprana edad.“El primer recuerdo que tengo —cuenta— es de mi mamá hablándome en la cocina de casa y contándome que a mi abuelo lo habían matado por pensar diferente. Creo que tenía 7 años en ese momento, recuerdo que lloré y sentí mucha tristeza porque todo me parecía muy injusto”.

Cuando volvió al país pudo comprender aún más la situación y ponerla en contexto, sobre todo por la cercanía a Hijos, que es como una familia para ella. “Tengo muchos recuerdos de ir los jueves con mi papá a la plaza 25 de mayo con Norma y con Chiche”, dice sobre dos recordadas Madres de Rosario. Recuerda que fue un 24 de marzo de 2017 cuando agarró por primera vez el cartel de su abuelo:“Me siento muy orgullosa de él y lo admiro, porque lo veo como una persona que pudo anteponer una lucha colectiva por encima de su interés personal”. Para Renata, su abuelo formó parte de una generación donde muchos jóvenes pensaron más allá de ellos mismos.“Mi abuelo tomó el riesgo porque pensó en una vida mejor no solo para sí mismo sino también para los otros”, afirma.

Renata sostiene que la memoria es un tema presente y más vigente que nunca, porque “todavía falta mucho, recién ahora están pudiendo declarar familiares en los juicios, hay genocidas libres o con prisión domiciliaria y son personas que mataron, robaron y violaron”. Y agrega:“Hay muchos crímenes que aún están impunes y hay heridas que nunca van a terminar de cerrar. Cuando un cuerpo no está, ese asesinato se vuelve a cometer cada día. Mi bisabuela nunca pudo resolver qué pasó con su hijo Miguel Angel”.

La nieta de Labrador tiene en claro que lo que sucedió en la dictadura le sucedió a toda la sociedad, por eso dice que“los desaparecidos nos faltan a todos”, y que “conocer qué fue lo que nos pasó y la propia historia se consigue con la militancia de la memoria, la verdad y la justicia”.

  

Los brotes

Emiliano es nieto de Eduardo José Toniolli, quien fuera militante del centro de estudiantes del Nacional Nº 1 de Rosario, de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y la organización Montoneros, secuestrado el 9 de febrero de 1977. El nieto de Eduardo José hoy tiene 17 años, cursa 5º año de la secundaria y admite: “Me encanta escuchar historias sobre él”.

Comenzó a comprender sobre la historia familiar cuanto tenía seis o siete años, cuando se dio cuenta que su papá —el concejal Eduardo Toniolli— no llamaba de ese modo a quien él reconocía como su abuelo, y empezó a hacer preguntas. Con el paso de los años fue entendiendo lo que implicó la dictadura militar para su familia y para el país. Un entendimiento que se dio principalmente en el seno familiar, porque “en muchas instituciones hoy se sigue sosteniendo la teoría de lo dos demonios”, se lamenta el adolescente.

El relato de los compañeros de militancia de su abuelo y las anécdotas escuchadas en la familia fueron claves para que Emiliano llegara a Eduardo José.“Mi bisabuela nos contaba que años previos a la dictadura le preguntó por qué se exponía tanto aún sabiendo que le podía suceder cualquier cosa, y él le contestó que con tanta injusticia no podía vivir. Su respuesta fue con tanta seguridad que ella se quedó tranquila”,cuenta.

Para Emiliano la conmemoración y el reclamo justicia no es un tema del pasado, porque“aun hay muchos hijos que están esperando que se juzgue a los asesinos de sus padres o a quienes se apropiaron de sus hermanos o hermanas”. Y porque “la justicia llega tarde y hay gente a la que nunca le llegó”.

El adolescente también marcha por la memoria, la verdad y la justicia desde que tiene memoria. También levanta el cartel con la foto de su abuelo y se enorgullece de eso.“Me emociona toda la gente que marcha cada 24, es un momento en donde yo me siento acompañado”, cuenta.

Reunidos en la plaza de 25 de Mayo y con el visible sentimiento de reconocerse, los nietos y las nietas sostienen con orgullo las fotos de sus abuelos como trocitos de su propia historia. Una historia que no es solo de ellos, sino también la de todos los argentinos. Se emocionan cuando los nombran. La memoria grita presente en cada relato, en cada anécdota, y en sus miradas jóvenes se refleja la herencia de todos los ideales y el impulso de lucha por un país más justo.

A 45 años del golpe cívico militar y como revancha de la historia, Renata, Lua, Emiliano, Martina y Fiamma —como tantos nietos y nietas— crecen como brotes de una primavera inevitable.









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